15.12.14

Pescador

Había una vez un pescador llamado David, reconocido por sus proezas en diferentes lugares del mundo. Fue capaz de pescar casi todas y cada una de las especies que se  propuso.
A la jóven edad de 26 años, en una de sus tantas expediciones sufrió un grave accidente que casi le cuesta la vida; su bote de pesca fue azotado por un viento  borrascoso en el Mediterráneo. Sufrió muchas heridas, lo rescataron unos pescadores que sabían de su ubicación, siempre atentos a sus movimientos.

Permaneció meses recuperándose de aquél accidente, hasta que cuando se encontró en condiciones físicas quiso volver a la actividad, a lo que mejor hacía y para lo que  él sentía que estaba predestinado. Sin embargo, al intentar subirse nuevamente a su bote, David notó que sus músculos se entumecían, que el frío de aquél funesto día  en el Mediterráneo lo invadía y su mente se bloqueaba a tal punto que no encontraba la forma de levantar su pierna para abordar el bote. Frustrado, decide dar un paso  hacia atrás, dejando su bote con sus cañas y herramientas de pesca en aquella playa del Mediterráneo.


Pasaron ya cuatro años de aquel accidente, en los que tuvo que pelear contra esa frustración de no poder acercarse al mar otra vez, de sentir que todo por lo que había  luchado se esfumaba, como si hubiera sido un sueño. Fue olvidado, de vez en cuando veía fotos en los magazines de pesca, de alguno de los mejores ejemplares con los  que él supo enfrentarse. Ahora en manos de nuevos y talentosos pescadores.

Fue así como su habilidad se fue apagando. Ahora, retirado obligatoriamente de sus sueños, con tan solo 30 años, vive en el sur de Argentina. Lejos del mar, pero cerca  de un lago. Un lago que guarda muchos misterios frente un paisaje increíble de montañas. Allí encontró al menos tranquilidad, trataba de olvidar sus sueños rotos.

En una mañana de verano, en donde el lago se veía quieto y reflejaba a las montañas como espejo. Descubrió un viejo bote a la deriva, que fue navegando solo, hasta  encallar casi en frente de su casa junto al lago. Se acercó, lo revisó y encontró algunos elementos de pesca. El bote estaba en buen estado, pero necesitaba algunas  reparaciones. Cosa que no era problema para él, ya que aprendió el oficio de reparar botes de madera para ganarse la vida.

Reparó ese bote y lo dejó mejor que nuevo, lo observaba reluciente con sentido de pertenencia.
Al día siguiente, no podía evitar sentir que debía probarlo, que debía animarse. Después de todo ahora estaba en un lago, no era el mar, no había tempestades en el  horizonte, sino un sol que brillaba tan fuerte que hacía que el bote parezca de cristal por el reflejo del barníz recién pintado. 
No lo pensó mucho, lo arrimó al mismo lugar en donde había aparecido a la deriva y lo deslizó hacia el agua, mientras pegando un salto se colocó en la proa y desamarró  la soga para partir.
Al fin!, sentía el viento, sentía el sonido del agua siendo cortada por su afilado bote nuevo.

Luego de un recorrido por el lago que él solamente había visto desde la costa. David decidió volver a su casa. Emocionado, exaltado y orgulloso, como cuando de niño  hizo su primer viaje de pesca.

Al llegar a su casa, comienza a buscar todas sus antiguas herramientas, cañas y redes de pesca. Las prepara, minuciosamente como si el mundo nuevamente estuviera  posando sus ojos en él. 

Ya era media noche cuando terminó de preparar todo su equipo de pesca, con un faro y linternas se subió al bote y partió. Se encontró con un paisaje un poco diferente  esta vez, con un cielo nublado y una Luna que se resguardaba entre las nubes, mas alguna estrella que se dejaba ver temeroza ante el paisaje montañoso. Había bruma  sobre el lago, como si alguien hubiera bajado las nubes.

Aun así, David salió en busca de su tesoro y de recuperar el tiempo perdido, ese que había pasado anhelando ser quien fue.
Finalmente encontró un lugar y detuvo su bote, al iluminar el agua vió que no era tan profunda y que había una intensa vegetación. Como buen conocedor, supo que allí  era el lugar perfecto para pescar al Pejerrey Patagónico, el pez mas preciado de la región, a pesar de la densa bruma que parecía abarcar todo del lago.
Sacó su mejor caña de pescar, sus carnadas y se acomodó como en sus mejores momentos. Esperando, la paciencia era una de sus grandes virtudes y al tomar la caña podía  sentir ese pequeño oleaje que movía su tanza, la sensibilidad de sus manos permanecía intacta. A pesar de toda la emoción que él sentía en ese momento, el lago solo le  devolvía quietud y ni una señal de vida acuática. Así las horas pasaron y pasaron.

Justo cuando David comenzaba a dudar de todo el movimiento que realizó por volver a pescar, su tanza comenzó a pegar pequeños tirones, que se fueron convirtiendo en  movimientos cada vez mas bruscos. Cómo buen pescador, él comenzó a hacer lo suyo, lo que mejor sabía hacer, dominar esos preciosos animales que tanto prestigio le  habían dado. Tiró y tiró, el pez no se daba por vencido, en medio del fulgor de la batalla por volver a ser quién era, el pescador no se dió cuenta de que había una  luz que cada vez se acercaba más y más a él. A tal punto que recién levantó la vista cuando la tuvo en frente, mientras ya podía divisar al pejerrey de 35 cm. que  tanto quería. No se dió cuenta que aquella luz era otro bote, con otro pescador, con una caña de pescar y una tanza que llegaba al mismo pez con el que estaba David.  Encandilado ya por la luz de ese bote, que lucía moderno, con un joven que buscaba alguna explicación a la extraña situación. Ambos tenían el mismo pez enganchado a  sus anzuelos y uno estiraba de un lado y otro del otro, entonces, David sin mediar palabras toma su red y extrae al pez del agua, que ya se encontraba a pocos  centímetros de su bote.

El pez, era el espécimen mas brillante de pejerrey que jamás habían visto los pescadores, ambos quedaron fascinados ante su belleza.
David comenzó a quitarle los anzuelos ante la atenta mirada del desconocido pescador, que aun estaba confundido ante tan extraña situación. Así fue que simplemente, al  quitarle las ataduras al bello animal, decidió devolverlo al agua. Mientras veía partir al pez, David sintió una libertad como nunca antes la había sentido, supo que  había vuelto al lugar que él pertenecía, a la pesca, al bote. Sintió que no tendría sentido volver, si tenía que compartir su pesca con otro pescador.

Desde aquella vez, David sale con su bote cada noche, a buscar ese perfecto Pejerrey Patagónico que le devolvió el sentido a su vida y que nunca, jamás, iba a ser  capaz de compartir con ningún otro pescador.



FIN.

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